Diarios vulgares / 13 – 11 – 025 / Notificación

Tengo momentos de hartazgo en los que siento el honesto impulso imposible de alejarme definitivamente de internet. Las redes sociales, el entretenimiento, las noticias se enredan convirtiéndose en poco menos que una vorágine de expresiones neuróticas que no se tiene la certeza de dónde han salido. Vivimos en Las Vegas de los años 80, pero enfermos y deprimidos . Mendigando dopamina.

Ves el video de una joven atractiva bailando sola en su cuarto, ocultando tras la cámara que tiene todo un equipo de producción manejando su carrera y sus cuentas bancarias. Enseguida oyes el audio de un tipo con voz alterada que augura guerras civiles, ilustrado con videos de conflictos dantescos de otras épocas que ha editado con un par de dedos él y una inteligencia artificial. Bots que compiten por tu atención en medio de publicidad de productos que no sabías que te hacían falta. Luego apagas por un rato la pantalla solo para participar en conversaciones sobre fútbol o crímenes políticos. Nada te satisface.

“Estamos inmersos en una guerra. No es simplemente una guerra librada con fusiles y bombas “ahí afuera”. Las refriegas tienen lugar en nuestra propia mente. Cuanto menos consciente es uno de la guerra invisible, más receptivo es al continuo proceso de desmoralización, pues el humano insensible es vulnerable, maleable, débil y está maduro para el control” escribió Anton Szandor LaVey, fundador de La Iglesia de Satán.

Consumes sin parar contenido mediocre dirigido por unos que creen que sus ideas les pertenecen, que no han sido impuestas por otros más poderosos, y que éstas a su vez no están siendo manipulados por auténticos enajenados. Internet se ha vuelto solo filtro.

Y yo estoy harto de ello.

Lo cual es todo un tema considerando que internet y sus redes han sido parte de mi vida social prácticamente desde que nacieron a finales de los años 90. Fuera de internet, mi contacto con la gente es siempre accidentada, mis diálogos difusos:

-Parece que llueve

-Y los hipopótamos huelen mal

No exagero, así de absurdas llegan a ser mis pláticas espontáneas con gente de carne y hueso. No es raro que hasta hace unos años, acostumbrado a exhibir mi vida sentimental en Facebook, hubo quien se asombrara de la suerte que he tenido de atraer mujeres guapas e inteligentes, y que además me quisieran, y por ello se me pidiera consejo para ligar. A mí que nunca he sabido hacerlo. Que pasmo, timidez y en consecuencia saber escuchar, se compensan con interesantes conversaciones de chat en las que sé dominar el timing emocional.

Mi pensamiento se adhiere a la palabra, a los textos que escribo o a los comentarios que hago, varios de ellos publicados en la red. Es de este modo como a mí se me llega a conocer un poco mejor, supongo.

Pero también estoy harto ya de ese personaje plasmado en pantalla. Veo mis perfiles y me confundo con basura virtual en el vertedero infinito. En medio de tanto idiota sin identidad mi personalidad se difumina y a nadie interesa.

Ya no sé quién soy. Razón de más para alejarme de este gran agujero. Lo que sí sé muy bien es que quiero dejar de ser parte de esta homogeneización mental que producen las agencias de noticias, los reporteros de espectáculos o comentaristas políticos , los anuncios de un nuevo celular o del descubrimiento farmacéutico más avanzado. Todo aquello que no nos quita lo insatisfechos y deprimidos. Quiero problemas humanos, simples, como el arrancarme los pellejos de los labios mientras camino en este otoño mortal y emocionante.

Estoy consiente de que, por lo menos ahora, es imposible huir de esta simbiosis producida entre la red y el ser humano corriente. Alrededor del mini departamento en el que me aíslo, se escuchan las pantallas de los vecinos y me entero de qué champú usan o por quién van a votar. En la calle, en el mercado escucho la canción que gusta a todos, y en los bares y fondas, de las últimas decisiones que han tomado políticos grises que fingen seguir con vida. Todo es una burbuja en la que rebotan las mismas imágenes que forman usuarios incapaces de mirar en otra dirección.

Incluso en silencio, la red es omnipresente, las señales wi fi nos atraviesan con sonido subsónico que penetran nuestras carnes y mentes. Cada dos minutos levantamos una pantalla que forma el gran domo de la realidad artificial.

Yo estoy atrapado en medio. Intento evitar ser parte de esa marea, pero siempre aparece un amigo o familiar compartiendo un video del tema del momento, a la vez que aprovecha para platicar. Incluso sin estas irrupciones soy incapaz de alejarme de la pantalla por más de cuarenta, treinta minutos seguidos. Tomo un libro y no logro adentrarme en él porque las notificaciones del celular anuncian nueva información, cambios en el mundo, o al menos en el entorno. Es una fuerte adicción compartida.

Me llego a abstraer escribiendo o vagabundeando por la ciudad. Pero siempre recaigo: y allí está la notificación, da igual si es una noticia sobre la guerra en medio oriente o el administrador del edificio anunciando que el señor que recoge la basura llegará más tarde mañana. Se ha perdido la guerra propia, la que es contra uno mismo, o alguien cercano. ¿Qué sentido tiene iniciarlas si las que hay ya están configuradas de antemano?

Envidio entonces al vagabundo sin reloj, al loco sin límites en su conversación, al artista que evidencia dónde estamos parados, al homicida que apaga la luz de la pantalla del otro. Sí, eso es. La única alternativa debe ser esa: el error, el crimen, el suicidio, la santidad. Cortar el cuello a la ficción real, y aún así, seguiremos siendo usuarios con tablets en el ataúd.


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