Diarios vulgares / 30-10-025 / Armas a los niños

Diarios vulgares

30 / oct / 025

Armas a los niños

Estos días, gracias al espectáculo de la política internacional, se ha puesto de moda llamar tibio a quien no exprese una postura con respecto al circo mediático, e incluso, hacia cualquier otro aspecto de la vida cotidiana. Para no ser tibio tienes que elegir un lado al cual pertenecer, no importa que tus argumentos estén menos razonados que el cagar de una vaca en el campo, lo importante es formar parte de un bando a la velocidad que dictan las agencias de noticias. El que se me llegue a juzgar de tibio es algo que me tiene casi sin cuidado, más aún en el estado semidepresivo, bipolar, maniático en que me encuentro y que me orilla a juzgarme a mí mismo de formas mucho más severas.

Alguien normal, con convicciones, se despierta y se hace de una postura desde que inicia el día, analiza lo que ocurre en el mundo desde los sitios de internet que lo mantienen informado para crearse una opinión, asegura así su pertenencia a la sociedad con una postura sobre la cual apoyarse. Yo no termino de abrir los ojos cuando ya me he lamentado por seguir existiendo, el mismo tedio me obliga a levantarme e iniciar actividades siempre angustiosas por sencillas que parezcan. Hoy tocaba entregar un libro en metro Chabacano.

Dormí poco, pero mejor que noches anteriores. Pasé mis horas de vigilia en lo mismo que me ha mantenido ocupado durante hace tiempo: scrolling infinito, y una lucha hipócrita contra los bots que han hackeado e intentan controlar mi teléfono celular. A las cuatro de la madrugada los ojos me ardían y lloraban, pero mi dedo continuaba deslizando la pantalla cada vez más caliente, cambiando además la configuración del aparato cada diez minutos. Batallas cotidianas por la conquista del espacio digital ocupado por piratas.

*

Uno de los juicios a los que me he sometido a mí mismo es al de ser un inútil social (la venta de libros usados por internet no es un empleo formal). Aun así, hago intentos por aportar algo a la sociedad de la que me he excluido. Por ejemplo, ayer di una entrevista a unos jóvenes que buscaban conocimiento a través de mis experiencias.

Fue inesperado que hace algunos días alguien me recordara como editor de un fanzine que se publicó allá por el año 2017, entre las aulas de una universidad de periodismo, poco después del trágico terremoto en septiembre. Fue la caída de redes sociales, líneas telefónicas, instalaciones eléctricas y transportes a causa del terremoto lo que me impulsara a publicar un producto literario en formato físico, tan obsoleto entonces como ahora en que sigue reinando el archivo digital. Por lo visto, mi labor editorial no había quedado sepultada en el olvido, lo cual me animó un poco. Una chava con quien estudiaba entonces, con la que nunca compartí más allá de un par de palabras, me escribió por Facebook para preguntarme si aceptaría dar una entrevista a un contacto suyo para un documental sobre publicaciones alternativas, subculturas y música subterránea. De momento pensé que se trataba de una broma, creí que me citarían para la supuesta entrevista, y al momento de acudir, alguna exnovia resentida o algún enemigo tímido me secuestraría para torturarme, o por lo menos, para gastarme una broma cruel y mostrarla en Tik tok. A ese nivel llegaba mi paranoia, pero sin embargo, acepté. Me intrigaba la idea de que aún quedaran jóvenes interesados en fanzines, subculturas y demás pérdida de tiempo. Acepté contribuir al conocimiento de mi ciudad y sus expresiones culturales, y de paso podría sacudirme el estigma autoimpuesto de inútil social. O de tibio.

Como siempre que me han llegado a entrevistar, las mejores respuestas llegaron a mi cabeza únicamente horas después de llevarse a cabo la reunión. Aun así, quedó registrado en video el interés que mi fanzine Derrame despertaba varios años después de su aparición. Al despedirme del entrevistador, se me vino encima la edad dándome cuenta de que ya no era yo el joven que se acercaba a artistas mayores con el propósito de nutrirme de su experiencia, no, ahora yo era el ruco que compartía viejas anécdotas con veinteañeros inquietos.

Al volver a casa, me enredé una vez más en el scrolling infinito, recibiendo videos de un algoritmo manipulado, hackeado por enemigos invisibles, gente que me conoce en persona. Me olvidé pronto de mi contribución a la cultura para dedicarme a bloquear a cualquiera, humano o robot, que estuviera controlando el algoritmo que dirige la publicidad aparecida en mis páginas visitadas en internet. Continué mi lucha por mi derecho al espacio cibernético durante varias horas más hasta que me cansé, convencido de mi inutilidad también digital. Intenté convencerme de que tal vez no había hackers, sino solo psicosis, que la batalla era contra mí mismo.

*

Una muestra de que soy un tibio, podrían acusar mis críticos, es el mantener mi librería virtual al margen de tendencias políticas o causas sociales. Pero debo decir que no se trata de simple indiferencia. Confieso que siento un extraño placer en exhibir en mi página de internet libros de ideologías no solo diversas, sino opuestas, enemigas: Mein Kampf, manifiestos futuristas, discursos de Benito Mussolini justo al lado de obras que reivindican el mayo del 68 francés, ensayos de posturas en pro de la unificación de América Latina o críticas que analizan al Situacionismo desde posturas marxistas. Me satisface el contraste. Además, no considero tibio el publicar propaganda del tipo Los protocolos de los sabios de Sion y en seguida mostrar un estudio sobre Cábala judía en hebreo y español. Además de darle una personalidad elegantemente agresiva a la librería, me gusta la idea de crear corto circuito en la mente del público sensible y que todo funcione como neuromarketing.

Hoy tocaba entregar sólo un libro. El desgano en que me ha mantenido la depresión se refleja en lo escaso de las ventas. Con todo, la entrega en el metro me serviría para cambiar de aires, lo que ya había empezado desde ayer con la entrevista. Me forzaba a dejar el prolongado encierro y evitar perder del todo el contacto con el mundo exterior.

El libro a entregar era “Obras escogidas” de Marx y Engels.

Si algo he descubierto ejerciendo como librero virtual todos estos años, es que la personalidad del lector actual mantiene algún tipo de afinidad psicológica con el libro que consume, y en caso de no haberla, se evita leer. Contrario a otras épocas, ya no se consultan libros para ampliar el conocimiento del mundo, tampoco para cuestionar el pensamiento de autores contemporáneos con opiniones diferentes a la nuestra, no, ahora se busca complacencia, identificación inmediata y autojustificación en los nuevos lanzamientos. Ayer mismo, en una entrega que hice por la mañana, lo había notado al entregar un libro de Luis Zapata, quien fuera famoso por escribir una novela de culto para la comunidad homosexual, a un gordito amanerado que me pagó sacando sus billetes de un monedero como el que usan las señoras. Un chavo típicamente gay. Luego, la entrega el libro de los textos comunistoides reforzaría mi teoría de que el actual consumo del libro da soporte a la esfera que construye una personalidad moldeada por los productos que presumimos consumir, como quien se siente identificado con la marca de sus zapatos o su maquillaje.

Llegué a la estación del metro acordada y saqué el libro para que el cliente me reconociera: era un grueso tomo de la editorial Progreso, de Moscú, impreso en la ya desaparecida Unión Soviética. Aunque los textos estaban en español, en la última página se indicaba con letras rusas los detalles de impresión. Al mismo tiempo, en una de las primeras páginas, la editorial dedicaba una frase de solidaridad a los obreros del mundo con un enjundioso ¡uníos!

Vi que llegaba un muchacho con botas negras, pantalón de mezclilla remangado, camisa holgada y una boina en la cabeza. Era él.

Me encontraba demasiado apático como para querer corroborar qué tipo de lector sería: rojillo, economista, estudiante, profesor… Así que evadí la conversación lo más que pude. Solo esperaba el momento de la transacción monetaria para huir de allí.

En un repentino ataque de impulsividad decidí que trasbordaría a la línea 2 y abordaría el metro para visitar uno de mis tianguis secretos preferidos: una desconocida callejuela donde casi diario comerciantes de libros, relojes, plumas, pinturas, adornos, ropa y otras chácharas extienden sus puestos por el suelo. Más de una vez había tenido la suerte de encontrar en ese tiradero cómics underground de los 70 o primeras ediciones de libros importantes que pude revender a precios bastante decorosos. Quedaba muy cerca de donde estaba y ya había sido absorbido por las entrañas del metro, no estaba de más echar un vistazo.

Pero fue por recorrer este transborde que, una vez concluida la transacción con el cliente, en apariencia un estudiante universitario, caminé hacia la línea azul, tardándome en notar que, detrás de mí, el tipo con quien acababa de hacer el trato, recorría el mismo camino que yo. En el largo pasillo donde se encuentran varias oficinas administrativas del metro, mismo que conecta la línea 9 con la 2, decidí aminorar la marcha y dejar que el chavo se me adelantara. No sé por qué siento una aversión exagerada a reencontrarme en el metro con alguien de quien recién me he despedido. Me dan miedo los silencios incómodos y las charlas forzadas. Ya al final del pasillo, frente a los ventanales desde los que se veía la calzada de Tlalpan, me detuve a comprar una botella de agua y esperé a ver qué dirección tomaba el tipo para tomar la contraria.

Pero abruptamente se detuvo a un lado de las escaleras que bajaban hacia los andenes con dirección a Cuatro Caminos. Miró a su derecha y a su izquierda, y en la pared que tenía frente a él, misma que rodeaba el expendio de pan Bimbo a granel, pegó una estampa manteniendo un semblante serio, convencido de la importancia de lo que hacía.

Cuando por fin se fue me acerqué y vi la estampa. Predominaba el color rojo, y el martillo y la hoz ocupaban un lugar preponderante en el diseño. En la parte superior se leía la consigna: “Trabajar para vivir, no vivir para trabajar”. Y debajo “Partido comunista revolucionario de México”, o «revolucionario nacional» no estoy seguro, puede que me equivoque con el nombre del partido, pero allí estaba la caricatura del personaje en todo su esplendor: el libro de textos comunistas de Marx y Engels que le vendí formaba parte del kit de personalidad del joven idealista que cometía actos vandálicos en el metro, demostrando así la fe que tenía en el ideal comunista. Y había sido yo quien me había encargado de hacerlo llegar a las manos del joven, a quien no le vi la más mínima facha de obrero. Fue gracioso revivir el recuerdo que me vino a la mente justo en ese momento, cuando allí mismo, en Chabacano, hacía unos meses, había entregado el libro “Historia gráfica del fascismo italiano” a un rapado que tenía toda la facha de un skinhead neonazi. También recordé las entregas, no pocas, que en esa y otras estaciones del metro había hecho de ejemplares de Mi Lucha de Adolfo Hitler. La desfachatez con las que me tomaba yo esas ideologías y esa fe que profesaban aquellos clientes me hacía merecedor de ser acusado de tibio, lo reconozco.

*

A pesar de lo absurdo de ese momento, me sentí iluminado de pronto. Como si mi verdadera misión en este plano se me hubiera revelado: propagar ideas irrealizables, utopías radicales y contradictorias en las que debía caber la sociedad entera. Implantar esperanza en consumidores ingenuos interesados por los problemas del mundo, siempre a la espera de aportar su parte para crear un mundo mejor, ignorantes de que formaban parte de un plan que consistía en mantener a la Bestia enferma sin cambios bruscos. Mantener quieto el desastre que ya se había creado.

Pensé que no era del todo un inútil. Para mantener el status quo, ahora lo veía claro, mi trabajo como librero había sido siempre abastecer de armas psíquicas a todos los frentes, a fin de mantener viva pero controlada cualquier discusión ideológica, fomentar el desacuerdo cordial entre los individuos cada vez menos cercanos, evitando a toda costa cualquier tipo de agitación social. Mi labor servía para dar convicción a la postura personal en la que creyera cada cual, defender el derecho a expresar ideas tan auténticas y novedosas que el ciudadano común fuera incapaz de unificarlas y llevarlas al plano de la realidad. Me asumí como una pieza de la maquinaria cuya única función era mantener el estado de confusión pasiva, el derecho de crear un mundo más justo que no traspasase la frontera de lo utópico. La vulgar y cruel realidad es que solo somos parte de la fortaleza que protege territorios físicos o virtuales en los que sólo se llega a la negociación a través del dinero o la violencia, estos también administrados por nuestros amos invisibles.

Y allí estaba yo, satisfecho por fin de mi nuevo nivel de autoconsciencia, custodiando el descompuesto sistema nervioso de la ciudad-demonio en la que en esos momentos se hablaba de Donald Trump y el ascenso del fascismo en Estados Unidos, tal cual estaba previsto. Con ello se estimulaba la actividad psíquica de aquellas débiles tuercas sociales destinadas a la enemistad y la desconfianza, manteniendo la crisis bajo control.

¡De ningún modo soy un tibio!, pensé, soy el incendio bajo la lluvia dentro de la imaginación rígida de una ciudad al borde del colapso.

Sentí lástima por aquellos colegas libreros que sienten reparos en distribuir libros con temas delicados a menores de edad, o que se niegan a difundir textos radicales de trasfondo violento como el Manifiesto Unabomber o Steal This Book. Intuyen que, bajo ciertas circunstancias, difundir textos sin un filtro adecuado, es como dar armas a los niños. Cargan con una responsabilidad que no es más que una distracción dirigida a sí mismos.

*

Sí, quizá yo fuera alguien que no se comprometía ni siquiera consigo mismo, un güey sin sensibilidad social, un simple dealer de libros tan peligrosos como una fantasía, pero al fin veía mi propósito: mantener en equilibrio las almas de las que se alimenta la ciudad-demonio para mantenerse estable.

*

Pensaba en todo esto al volver caminando por las calles del centro, una de ellas poco transitada, oculta bajo un puente vehicular. Había en ella varios locales que distribuían productos industriales, dulces, herramientas. Contrastaba entre los negocios una colorida sex shop en cuya vitrina se exhibía, fuera de su empaque, un culo fabricado con algún tipo de material sintético que tardaría tal vez miles de años en degradarse. Un culo amoral que mostraba un coño y un ano, pero sin cuerpo ni personalidad, un juguete que divertiría vagabundos depravados en montañas de basura. Un culo tibio que sobreviviría a guerras, ideologías, sistemas políticos y morales, dictaduras, extinciones quizá. Un culo que se encontraba por encima de cualquier actividad humana que pretendiera crear un mundo mejor, fuera a través de un sistema económico que favoreciera al obrero o a través del exterminio de un grupo étnico. Un agujero que exhibía su obvia y vulgar función a pesar de la confusión impuesta en la ciudad. Hueco vacío capaz de mantener en equilibrio lo pasivo y lo activo, la luz y la oscuridad, enfrentados eternamente.


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