Parte 2
Fiebre
Recuerdo que, siendo niño, tuve la oportunidad de ver llegar un tráiler a pie de calle: una cosa enorme con puerta en medio del remolque, del que bajaban pacas, las famosas cajas embaladas que contenían ropa “americana”, como le llamaban en los tianguis.
Recuerdo que el camión se estacionó a unos metros de mí y dejó varios cubos de ropa de mi tamaño, o más grandes aun, en una casa particular, donde recibían los paquetes con comentarios como “vienen de Estados Unidos”, “es americana”, “ropa gringa”. Yo creía que ese mismo camión había rodado desde Hollywood hasta ciudad Neza con la única misión de entregar esas pocas pacas de ropa a mis vecinos, y que los ocupantes del camión habían sido los mismos que seleccionaban durante horas la ropa que habían metido en esas cajas para cruzar con ella el país. Un negocio complicado.
No sé si el recuerdo es real o más bien son las visiones febriles que mi mente se encarga de almacenar por capricho. Pero si algo es seguro, sea cual sea la forma en que llega esa ropa al país es que lleva años practicándose y es un gran negocio.
(Haría falta un estudio más profundo para saber cómo se obtiene la ropa que termina en los tianguis y tiraderos de la ciudad, y no solo los saldos de Ross u otras tiendas de ropa, lo que me gustaría saber es de dónde salen ciertas prendas gastadas, a quién pertenecían camisas tan usadas, tan descoloridas y desangeladas, que parecen haberles sido arrancadas a un cadáver antes de entrar a la morgue).
*
No recuerdo bien cómo fue que me involucré en el negocio. Es uno de esos recuerdos poco gratos que no logran borrarse de los archivos almacenados en la memoria y resultan una molestia. Una tarjeta micro SD encontrada en el bolsillo de un pantalón has tirado a la basura y que contiene recuerdos sucios.
Supongo que eran las vacaciones de verano de 2003, cuando había concluido el bachillerato en aquel despreciable colegio. Antes de ello, mi padre se oponía a que yo buscara trabajo. Como hombre cabal que era, debía proveer de todo a sus hijos para que tuvieran las mayores herramientas al enfrentarse a la vida, y que igual que tantos otros padres, no lo logró y no por culpa suya.
Sí, fue al terminar los tres años de tortuoso colegio privado (no tenía planeado qué hacer después) en el que me habían intentado castrar intelectualmente, y vaya si lo lograron.
El involucrarme con la ropa de paca tal vez fue una reacción a lo anterior: acción callejera: gritos de castrado.
Fueron mis primos Edmundo y Polonio, más o menos de mi edad, quienes llevaban ya algún tiempo vendiendo en los tianguis. Al terminar la secundaria, cada quien había tomado rumbos distintos: ellos perseguían el dinero.
Las cantidades y variedades de ropa que manejaban a la semana, siempre inciertas, eran tan imposibles y voluminosas como para que a mis primos les interesara preguntarse de dónde venía toda aquella ropa semana tras semana. Trabajar ya suponía suficiente esfuerzo como para todavía desperdiciar sus pensamientos en analizar lo que había detrás. Se conformaban con mantenerse fuertes en el gimnasio para soportar las jornadas de trabajo y enamorar mujeres a las cuales preñar. Por mi parte, me dediqué a formarme un cuerpo adiposo atascándome con lo que me encontrara en el refrigerador. Después de pasar una niñez muy unida con mis primos, el trabajo, la escuela, y chismes entre nuestros padres nos separaron. Aunque no lo suficiente como para saludarlos cuando los veía vendiendo.
Ese último año en el colegio había sido bastante problemático para mí y mi familia. Había escapado de mi casa una madrugada para volver poco después ante mi familia ansiosa que vivía con los nervios hirviendo. Una semana después, fui arrestado por la policía y encerrado en una celda por una noche por robar discos cómics. ¡Todo esto a unos meses de que terminara el bachillerato! Aun así, logré graduarme, pero no me interesaba en lo más mínimo hacer algo después, estudiar, trabajar. Eso no evitó que tuviera que reconocer que ya era mayor y que, para ellos y para mí, inventar historias sexuales con nuestras primas o robar Bacardí en las fiestas familiares, eran cosa del pasado. Mientras ellos habían dejado su última infancia trabajando, yo perdía mi tiempo en ideas y dibujos que hacía sobre los pupitres de mi salón. Por eso, sin meditarlo realmente, acepté cuando en una reunión familiar, cada vez menos frecuentes y divertidas, me invitaron a trabajar con ellos. Era tan idiota que lo tomé a cotorreo y no dimensioné lo que aquello supondría.
Debió ser la mañana de un lunes cuando pasé de ser cliente a volverme chalán.
*
El tianguis de la Cuarta Avenida era conocido por reunir puñados de gente cada lunes desde las siete de la mañana para ver lo nuevo que habían traído los de la paca. En ese entonces para mí no existía algo más idiota y absurdo que despertarse temprano, pero al terminar el colegio me había quedado esa manía. Era costumbre de mi mamá y sus hijos recorrer el tianguis buscando ropa decente, de marcas americanas, y manosear las telas y estampados para determinar su calidad. Así pasábamos entre puestos con montañas de camisas, pantalones, chamarras, ropa de cama, shorts, suéteres y más prendas sobre las que se erguían tipos en bermuda, con el torso desnudo y tatuado, rapados, gritando “robado, pero no maltratado”, y otras frases chistosas. “Así como la desviste, vístala también” gritaban a las parejas de jubilados que se paseaban entre las garras.
Antes de volverme chalán, nunca me preguntaba cómo es que hacían para colocar todos esos cerros de trapos, finos y corrientes, a la altura y vista de todos en plena calle. Simplemente aparecían allí. Tenían un lugar en el espacio igual que las señoras mayores de 50 años que, en complicidad con vástagos viciosos, le robaban el monedero a otras amas de casa mientras fingían ver ropa.
Imagino que, con el torso desnudo y mostrando los resultados del gimnasio al que también me invitaban sin aceptar, con su cara a un metro más alto que la mía, como un tótem de tatuajes urbanos de la tribu tianguista, mi primo pensó que yo me negaría a trabajar con ellos. Pero al verlos solo recibiendo dinero y tomando café, dije: “sí”.
¿Cómo pude suponer que lo soportaría el trabajo siendo un absoluto zángano? No me creía aquello de que el trabajo era algo “sagrado”, además pensaba que, si respondía que sí a todo lo que me dijeran, dar el avión como quien dice, me quitaría de encima a quien fuera que vigilara mi forma de trabajar.
Como no había expresado ningún plan de seguir con mis estudios, mi padre no se opuso a que trabajara. Mamá, por su parte, estaba orgullosa de que yo conociera lo que toda su vida habían hecho ellos: trabajar. Edmundo, después de preguntarle al patrón, sólo se limitó a decirme que me presentara en cierta dirección al día siguiente a las siete de la mañana.
*
Daba igual de dónde venía aquello y a quién llegaba la ganancia aquella mañana. Pues, sin estar mamado, ni tener en mi cuerpo excesos que no fueran de carbohidratos y azúcares, ahí estaba a las seis y media de la mañana, frente a una casa común y corriente, de una calle cualquiera de Nezahualcóyotl, que por fuera parecía la casa de una familia, pero luego me enteraría que eran bodegas del patrón. Esperé algunos minutos helados hasta que apareció un camión de redilas lleno de bolas de ropa amarradas con mantas del tamaño suficiente para arropar cualquier árbol de la colonia. Adelante, en la cabina, había tres tipos que no conocía en absoluto, ningún rastro de mis primos. Iban casi uno encima de otro, excepto el que manejaba. Subí dejando atrás mi última oportunidad de huir cobarde pero cómodamente.
Sentí ese pudor que entibia la cabeza de un heterosexual cuando sus piernas rozan accidentalmente con las de otro hombre. Algo a lo que al parecer ya estaban acostumbrados. Si esa incomodidad se sentía el ser maricón, yo estaba feliz por no serlo, como suponía no lo eran aquellos tianguistas que homoeróticamente se quitaban las camisetas cada día sobre sus puestos.
Llegamos al tianguis que yo no conocía, al menos no siendo todavía una calle vacía. No reconocí la ruta ni las calles a las que a tan tempranas horas llegamos. No sabía que avenidas nos rodeaban, lo que me hacía más difícil la idea escapar en caso de querer hacerlo.
Por la gente que conocía y palabras que escuchaba de mis mayores, tenía una idea del trabajo bastante terrorífica, esto sumado a mi rebeldía adolescente me hacía pensar que sería una situación parecida a la película de Charles Chaplin, Tiempos modernos: la dificultad y el esfuerzo me sobrepasarían y terminaría arruinando cosas con valor de miles de pesos.
Sin embargo, al inicio no fue tan difícil, aprendí rápido a tomar con ambos brazos los bultos de ropa que uno, con mayores privilegios, colocaba en mi espalda desde el camión. Tropecé las primeras veces, pero no me caí ninguna. Era cansado, sí, pero ya en el lugar habían llegado el resto de chalanes, cobradoras y patrón, lo cual hizo más dinámico eso de descargar bultos.
Hacía frío, pero el ejercicio me mantenía caliente. No sólo no era difícil descargar los bultos (aunque mis piernas se tambalearan cada vez haciéndose sentir más débiles, pero anestesiadas), sino que empezaba a acostumbrarme sin llegar a encontrarle placer. Supuse que lo había logrado.
Lo siguiente fue bajar del camión cubetas de plástico y ponerlas boca abajo. Qué cosa más fácil. ¿Eso era la chamba? ¿Eso era lo sagrado?
Las cosas cambiarían de un momento a otro cuando tocó descargar los tablones de madera pesadas y astilladas que, del mismo modo que con los suaves bultos de trapos, tenía que ponerme sobre la espalda. Tablones más altos y anchos que uno mismo, y que tenían orillas puntiagudas de madera despostillada. El primero que recibí me hizo un corte en el dedo con una astilla y volví a tambalearme al recibirlo casi hasta caer, mientras que el nos las ponía en la espalda, nos apresuraba riendo.
Teníamos que bajar las suficientes para ponerlas encima de las cubetas y rodear una cuadra entera con ellas.
Yo era el nuevo y todos observaban mi trabajo. Tenía ancho y alto, y por esto todos pensaban que era fuerte sin tener que ir al gimnasio, pero mis movimientos eran simplemente torpes.
Algunos me echaban ánimos, como mis primos, que habían llegado a pie. Sabían lo que se sentía que otros se burlaran de ti.
Procuré que nadie viera la sangre ni notara el mareo, que no era tan intenso en ese momento, la siguiente tabla que cargué fue todavía más difícil. Eran tan altas y mucho más anchas que cualquiera de nosotros. Por lo menos no pesaban tanto. Se requería equilibrio y fuerza para hacerlo al ritmo que nos marcaban. Mi cuerpo, tieso y poco hábil, estuvo a punto de caer varias veces y mis manos sufrieron varios cortes, pero intentaba no mostrar debilidad. El orgullo me mantuvo en pie. No haría el ridículo el primer día de trabajo, que también sería el último.
Colocar las tablas sobre las cubetas fue fácil a pesar de las astillas en las manos. Cobró sentido el que algunos de ellos llevaran guantes, lo que al principio juzgué como signo de debilidad.
La primera parte de la jornada estaba hecha. Desatar los bultos con ropa y dejarlos a merced de las marchantas no fue casi nada.
La parte de ropa mixta para caballero, para dama, pantalones, camisas, brasieres, todo aquello que antes estaba hecho bola y me había producido mareos al descargarlo, ahora se mostraba relajadamente a amas de casa, revendedores, curiosos y gente que gustaba de vestir bien sin pagar precios exorbitantes en tiendas establecidas.
Durante la vendimia todo estuvo tranquilo; los precios estaban colgados en cartulinas de colores chillones, verdes o anaranjados, que indicaban también el tipo de ropa en cada montón. Ahora solo tocaba cobrar y echar la prenda en una bolsa. Y aunque no nos lo dijeran directamente, algo de lo que no podíamos olvidar era de estar al pendiente de quien se quisiera llevar algo sin pagar. Era una obviedad.
Lo peor vendría a la hora de largarnos. Ya no quedaba nada de la fría mañana y los cholos que eran mis compañeros ya no bebían café ni champurrado, y ya no tenían sus sudaderas puestas. Eran tal vez las dos o tres de la tarde y para la paca era hora de retirarse. Los gritos semidesnudos se habían acallado y ahora quedaba recoger las garras manoseadas que nadie había querido, generalmente de tallas grandes o colores estridentes.
Debíamos doblar los trapos de modo que formaran un rectángulo y poner una sobre otra encima de las mantas gigantes en las que se harían bola otra vez. Una vez que tomaran un tamaño considerable, similar a como estaban cuando las descargamos, tendríamos que subir las jodidas bolas a los camiones. Considerando lo que vendimos debían de ser mucho menos cantidad de bultos, pero por alguna razón los camiones, al terminar la faena, parecían igual de llenos que cuando llegamos.
Esto sí fue un martirio, un verdadero dolor de huevos y de cabeza: hacer exactamente lo contrario de lo que hicimos al llegar, pero esta vez con la gravedad en contra. Esas pacas, que afortunadamente no eran caja de cartón como las recordaba yo de niño, las debíamos echar a nuestras espaldas por nosotros mismos, sin la ayuda de algún payaso que se carcajeara de nosotros, y subirlas al camión de redilas. Parecía simple extender nuestros brazos, agachar la cabeza y levantar el bulto con la espalda. Pero el puto bulto no se dejaba levantar, o peor, para burla de todos, se te caía por el culo y salías empujado.
¿Qué se debía hacer para ser el que las recibía y acomodaba en el camión, sin hacer casi ningún esfuerzo? ¿Por quién te tenías que dejar follar para obtener esos privilegios en la venta de ropa de paca?
Solo en esos momentos envidié los músculos de mis primos que, alguna vez, también me habían invitado a asistir con ellos al gimnasio y yo me negué.
Al continuar con las tablas, veía con lástima hacia mí mismo cómo para ellos era sencillo lo que a mí me mareaba y empezaba a producirme fiebre y dolores en el cuerpo. “Y nosotros todavía vamos al gimnasio más tarde” dijo Polonio sombrado de mi triste actuación, con sorna.
Yo ya me había rendido, hacía lo menos posible y evitaba las tablas con total desfachatez. Sólo en ese momento me di cuenta de que el patrón me había estado observando todo el tiempo. El dueño de todos aquellos camiones, bultos y cholos me miraba desconcertado. ¿Cómo alguien tan grandulón podía ser al mismo tiempo tan débil?
Lento y con resultados mediocres, pude llevar bultos, cubetas y alguna tabla del suelo de la calle a los camiones. Estaba mareado, me dolía el cuerpo, incluso partes que no tenía idea que eran parte de mi cuerpo. “No hagas quedar mal a tu primo” era una frase que mamá me había dicho antes de salir de casa y me retumbaba en la cabeza como aquello de que el trabajo era “sagrado”.
Ese día odié de una vez y para siempre la idea de “trabajo” que tenían los mayores y, al parecer, mis primos. Que no es que fueran del todo dictadores adictos al poder, sino que habían conocido la pobreza muy de cerca y hacían lo posible por evitarla.
Llegó un momento en el que mis piernas de verdad no respondían, el dolor, el temblor, el mareo querían doblarlas junto con todo mi cuerpo. Respiraba todo el aire que podía, flaco consuelo era que fueran las dos de la tarde y éramos los primeros en largarnos del tianguis. Había preferido vender maquillaje como las señoras que cotorreaban con sus vecinas de puesto.
Mareado y confuso descubrí una vez más la mirada del patrón. Ante sus ojos “no estaba haciendo nada” mientras mi cuerpo luchaba por mantenerse en pie. Al notar que lo miré, frunció la boca y movió su cabeza de un lado a otro haciendo un “no” silencioso.
Ya solo faltaba doblar las lonas y amarrar los mecates. Lo vi hacerlo a otros.
Con una risa de compasión hacia su jefe, Polonio le decía sobre mí, su recomendado “¡muévelo!”, refiriéndose a que yo solo funcionaba si me daban órdenes, lo cual no estaba lejos de ser verdad en un trabajo como ese siendo un anarquista de salón. Polonio me señaló un par de lazos tirados que había que amarrar, me puse con uno y lo hice mal.
Al igual que en la mañana, creí que me montarían en un camión y me darían aventón a algún lugar, al menos a la casa en la que me recogieron. No es que yo viviera muy lejos, pero pensé que ocurriría lo mismo.
Edmundo, que era mayor y casi no había dicho nada, se acercó y empezamos una conversación con uno de los chalanes que me miraban con lástima: “Mañana no lo van a mandar con el Viñetas, lo van a mandar con el Mimo”, dijo mi primo torciendo la boca, en tono dramático, mientras el otro sacudía el brazo y me miraba con lástima. Aquello indicaba que mañana me esperaría un trato de verdad rudo y no mamadas.
Regresé a pie a mi casa después de recibir la paga del día de mala gana por el patrón.
-¿Cómo te fue? -preguntaron mis padres nada más verme entrar. Emocionados, sonrientes.
-No regreso a ese pinche trabajo.
Mis padres se horrorizaron. Papá aventó una pluma al suelo y mamá me miró consternada tal vez pensando en toda la gente pobre que desearía en aquellos momentos tener un empleo como ese. Me interrogaron y les dije la verdad, que me agoté y mi mente no dio para más. No es que echara la hueva, de verdad el agotamiento y el mareo me impedía ver cubetas y lazos sueltos por ahí. Al no encontrar una excusa coherente insistieron férreos:
-No vas a hacer quedar mal a tus primos. Mañana regresas, cómo de que no.
Después de una hora de negarme acordaron que por lo menos fuera a casa de Edmundo y Polonio a pedirles una disculpa e inventar una excusa válida para ya no volver.
A mí no me parecía para tanto. Su reacción me pareció exagerada y nadie parecía notar que yo era un escuincle de 17 años al que hasta ese momento se le había permitido todo sin grandes castigos; un ser mimado.
Mi actuación en el tianguis fue tan deplorable que no hubo necesidad de ir a disculparme o volver a trabajar al día siguiente. El gimnasio donde iba Edmundo y Polonio quedaba a una calle de mi casa y pasaron a buscarme, más que nada, para advertirme que lo que me esperaba mañana era mucho peor que unas malas miradas y unas risas. Ya no era como cuando mis primos y yo rondábamos los 13 años, no todo se solucionaba drogándonos con refresco y comida y pornografía en vhs. Esta vez era una cuestión de “trabajo” y, si bien no era algo sagrado, sí que era importante.
Edmundo, más maduro que los tres, había notado enseguida lo mal y lo confuso que me había sentido. Le constaba que no había sido un mal trabajador por pura holganza, (como años después sí que lo fui, aposta, en empleos de mierda), sino que no tenía la condición necesaria. Que mi tamaño y volumen, que de lejos daban la impresión de fuerza, era más bien similar a la de un pastelillo relleno.
-Mañana te van a mandar con el Mimo, no con nosotros. -Dijo Edmundo en tono de advertencia, como diciendo “no me has hecho quedar mal, pero si piensas volver mañana y trabajar como hoy, entonces sí lo harás”.
-¿Pero ya no quieres ir verdad? -Preguntó Polonio con algo de pena, pero yo no pude escuchar palabras mejores. Polonio era menor que yo, las últimas navidades que pasamos juntos, él las pasaba jugando videojuegos en mi cuarto y yo buscando imágenes de muertos o de sexo por internet.
-No, no creo, güey. No es lo mío -Dije haciéndome el interesante.
-¿No crees o no? – Preguntó Edmundo con una rudeza que sólo le había conocido cuando jugábamos basket o fut contra otras colonias y yo jugaba mal.
-No, ya no voy.
-De la que te salvaste. -Dijo Edmundo reduciendo la tensión del ambiente.
Gracias a esta visita ya no tuve que pedir disculpas a nadie y mis padres dieron por saldado el asunto al saber que había hablado con mis primos. Creo que ni sospecharon que, prácticamente habían sido ellos quienes me habían ido a advertir que no había pasado la prueba y pedirme veladamente que no volviera.
Con los años nos separamos más mis primos y yo. No hubo más fiestas navideñas ni reuniones de fin de año en las que molestábamos primos menores o terminábamos a las tantas de la madrugada hasta el culo de cafeína y viendo los casetes porno de mi hermano.
Varios años después volvería yo al tianguis como comerciante, pero esta vez con mi propio negocio de tenis chinos, y sin tanta putiza como la que aquella ocasión. También cargaba bultos tan pesados que me provocaron una hernia en la ingle, pero lo hacía a mi modo, a mi velocidad y sin miradas ni risas ajenas.
Para entonces ya empezaba a tener, como decía mi mamá “Mierda en la cabeza”, pero ahora me embarraba a voluntad y decidí alejarme de la familia y reuniones que involucraran congéneres. Eso sí, había aceptado ayuda económica de mi padre para tener mi propio puesto ya a los 22 años.
Habían pasado muchas bodas, divorcios, bautizos, comuniones y cumpleaños a los que yo no había asistido hasta que un día, medio pedo y feliz por su segunda hija, Edmundo, que seguía vendiendo en la paca me visitó en mi puesto de tenis.
-¿Te acuerdas cuando éramos morros y decíamos que ya rucos nos íbamos a juntar a echar la chela como nuestros papás?
Yo no recordaba que alguna vez quisiera ser como mi padre o mi tío; mejor cambié de conversación.
-Sí, ahuevo. ¿Y qué tal con tu morrito nuevo?
Sí, dije nuevo. Y dije hijo.
-Es una niña. -Dijo serio dando un trago a su cerveza. Yo no estaba enterado y me arriesgué a adivinar. Fallé.
Con los años nos fuimos alejando más y más hasta que nuestros padres, influenciados por chismes de varios de sus hermanos y sobrinos, se retiraron para siempre la palabra por una supuesta amenaza de borrachos que el padre de Edmundo y Polonio había hecho al mío. “Si fuéramos una familia unida”, solía decir mi papá, “habría de todo: médicos, carpinteros, mecánicos, albañiles, farmacéutica”, pero no, sus diez hermanos, y los hijos de estos, lo más que lograron producir fue un torpe teléfono descompuesto que nos alejó a todos.
