Maniquís sobre la cloaca / Parte 1

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La Tercera

Siendo un escuincle supuse que se llamaba “La Tercera” porque los productos ofrecidos allí eran de ínfima calidad. De tercera categoría: tal término lo había escuchado más de una vez de mis clasistas mayores para referirse a ropa, calzado y chácharas varias que vendían allí, en el tianguis de La Tercera. Mucho después me enteraría de que el nombre estaba relacionado con la sección en que se encontraba aquella colonia de Nezahualcóyotl.

El tianguis rodeaba una manzana entera compuesta por tres escuelas, una iglesia, oficinas para trámites y un gran mercado. Muchos años antes también había una conasupo, lugar en que había cubos en las paredes con dispensadores de leche que llenaban botes expulsándola de un agujero en la pared, con dibujos de vacas estampadas en la superficie, queriendo dar la impresión de que la leche salía de la ubre de la vaca. Luego el sistema cambió y empezaron a dar la leche en bolsas de plástico a las madres de familia de la colonia. Hoy es un local desocupado.  

Los viernes se colocaban desde temprano puestos de comida, frutas, molcajetes, artículos de belleza, casets de baladas románticas, rock y música tropical, revistas atrasadas, películas en vhs, productos de limpieza y otras baratijas. No sé desde cuándo existe ese tianguis, pero desde que nací, a finales de los ochenta, ya se colocaba con devota tradición. No era la excepción cuando asistía a una de las escuelas secundarias rodeadas cada viernes por el tianguis.

Los alumnos, pequeños neandertales, simios de tercero de secundaria drogados con refrescos y salsa con chicharrones de harina, asistíamos cada viernes al taller que hubiéramos elegido, en mi caso artes plásticas.

Todas las mañanas de viernes de aquel ciclo escolar, en el taller, nos dejábamos influir además por los efectos del aguarrás que nos servía para pintar cuadros con óleo horribles.

Hartos de las clases, durante los recreos, a las diez de la mañana, yo y mis amigos nos reuníamos ante el famoso Tirababas: una barda en la planta alta que nos llegaba al ombligo y que daba a la parte exterior de la secundaria: un patio menor y unas rejas que casi siempre permanecían abiertas. Teníamos toda esa parte de la calle para nosotros solos. Desde el Tirababas arrojábamos nuestra furia a cualquiera que se acercara a la entrada. Como changos idiotas, escupíamos inmundicias, arrojábamos trozos de tortas húmedas, nieves derretidas o insultos, casi siempre sin represalias porque a los profesores y prefectos les valía madre y se ponían a jugar cartas o a echar romance con las maestras. Además, después de cada atentado, desaparecíamos como bólidos en la bóveda celeste. Mientras un gargajo viajaba con dirección a la directora, nosotros corríamos cobardes hacia cualquier lugar donde pudiéramos pasar desapercibidos de los chismosos.

Era una época en que no había cámaras hasta en las grietas de las paredes.

Una mañana especialmente tranquila (era horario de clases y el maestro no había asistido, éramos los únicos fuera de los salones), vimos desde el Tirababas que estaba en el minipatio, del otro lado del zaguán, un tipo alto, rapado y flaco. Él iba drogado de verdad, con estopa en la boca y más espabilado de lo que esperábamos. Se había atrevido a atravesar las rejas abiertas que limitaban la banqueta de la escuela.  Era viernes y los puestos comenzaban a levantarse. Había poca gente, era temprano, pero el drogadicto se mantenía allí, hablando con alguien que parecía ser el hermano mayor de algún alumno.

Territoriales como suelen ser los niños mexicanos, con canciones de Delinquent Habits en la cabeza, atacamos en manada y le arrojamos una bolsa semivacía de refresco Pascual, un lápiz mordido por algún nervioso y un pedazo de bolillo, ensuciando de babas sus tenis baratos. Como no había nadie que nos viera, nos quedamos allí mirando, burlones. El tipo nos señalaba con su estopa en la mano y luego señalaba al suelo, movía los labios como diciendo: “sálganse, putos. Aquí abajo los espero”.

Qué nos iba a esperar el idiota, pensamos. Dentro de unas horas la calle se llenaría de gente comprando porquerías. Sumado a eso, la salida era por la puerta trasera de la escuela, justo a la hora en que en bullicio del tianguis comenzaba a volverse caótico.

No sé cómo, pero entre un montón de niños nos encontró. Nos había estado esperando dos, tres horas. Se le notaba mucho más alto a ras del suelo, con su mirada aceitosa y su camiseta holgada de rayas verdes horizontales. Era como un gran pino con el coco rapado.

Sólo íbamos Gabriel y yo, el resto de nosotros había desaparecido. Sabíamos que el tipo merecía su venganza, los cual nos aterrorizó al grado de quedarnos mudos y adivinar nuestro pensamiento: perdernos en lo profundo del tianguis. En circunstancias normales yo tenía que caminar hacia el lado contrario, dar la vuelta en la esquina de la secundaria, donde terminaba el tianguis y caminar a casa. Pero eso me habría hecho blanco fácil del drogadicto.

Para susto de varias marchantas, empezamos a meternos entre  los pasillos, rodeados de pinturas de uñas, útiles escolares, macetas con todo tipo de plantas, velas aromáticas y más chingaderas que gustaban al ama de casa nezahualcoyotlense. Corríamos hacia la esquina más alejada de la manzana. Nuestro objetivo, o al menos el mío, era continuar hasta donde terminaba el mercado normal, pero el tianguis callejero se bifurcaba entre las calles y era más fácil perderse. Chocaba con maniquíes de puestos de ropa de mi tamaño, empujándolos para enojo de las tianguistas. El tipo que nos vendía tarjetas de Dragon Ball y revistas hentai con dibujos sexuales en 3D nos saludaba alzando la mano sin entender por qué no nos deteníamos a ver las novedades, pero fue por completo ignorado. Yo sentía una emoción malsana mientras avanzaba.

Habíamos andado a toda velocidad por varias decenas de metros, a la altura de las ruinas de la conasupo me detuve un segundo y volví la mirada. Allí seguía el tipo, siguiéndonos sin tener que correr como nosotros, solo arrastrando sus largas piernas, sin prisa pero sin perdernos de vista.

No podíamos correr el riesgo de aminorar nuestra marcha, pero tampoco queríamos endrogarnos en algún puesto de perfumes ni tirarle el mandado a alguna ama de casa o algún maricón, que abundaban. No sé Gabriel, pero yo apretaba el culo por temor a cagarme de miedo. Conociéndole, a él seguro ya se le había escapado un chisguete de orina; siempre escuchaba sus tics nerviosos: sus murmullos que nunca supe qué decían si es que decían algo, pero que soltaba cada vez que se presentaba una situación de estrés. Él tenía más razones para tener miedo, pues cada viernes, con el pretexto del tianguis, solía encontrarse a su mamá haciendo compras con su carrito del mandado.

Valimos madre, pensé cansado al notar que el tipo no se rendía. En ese momento tendríamos que decidir si continuar sobre la calle entre los puestos del tianguis o entrar a los pasillos del mercado, agotados de adivinarnos el pensamiento. Pero ya no existía un “nosotros”. De pronto ya no estaba Gabriel en el vistazo que eché hacia atrás, solo señoras con sus carritos cargados de chiles y cebollas. Al notar que los había perdido de vista decidí internarme en la seguridad de los pasillos del mercado donde se ofrecía carne de res, vísceras, cremas, chorizos, pollos. Sería mucho más seguro que quedarme en el tianguis callejero de una zona que el delincuente seguro conocía a la perfección.

Me perdí a consciencia entre los pasillos del mercado, esquivando como boxeador la ropa de uniformes exhibidas en ganchos colgados o las cabezas de puerco de las tocinerías que me miraban con sospecha. Después de unos minutos volví a mirar hacia atrás para asegurarme que ya no me venían siguiendo. Solo entonces me pregunté qué habría sido de mi cómplice de fechorías, el pobre Gabriel.

Al lunes siguiente se lo pregunté mientras nos formábamos en el patio para hacer los honores a la bandera semanales. Noté que su mamá lo había acompañado hasta el zaguán de la escuela y había intercambiado algunas palabras con la directora, lo que jamás había pasado. Gabriel solo entristeció y soltó un seco “nada”, molesto y nervioso, haciendo su murmullo “grrrmmhh grrrrrmmmhhh”. Nunca supe qué pasó aquel viernes de corretiza. Si el cholo le había hecho calzón chino, que estaba muy de moda entonces, si su madre lo había encontrado y protegido del delincuente, o si se habían perdido cada uno por su lado, lo que no era nada probable por las circunstancias actuales.

Solo sé que, a partir de ese día, su madre siempre lo esperaría los viernes a la salida, antes de hacer las compras, y que Gabriel jamás se volvería a acercar al Tirababas.

(¡aquí para leer parte 2!)


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