Filtrar el abrevadero

Hace tiempo volví a plantearme que quien escribe textos desde su infancia y sin un objetivo claro, suele ser víctima de posesiones, por lo menos psíquicas, que el escritor en cuestión no busca, pero encuentra al explorar estados de consciencia no revelados a quienes no escriben con obsesión.

No me estoy explicando bien y ya he escrito en otro lado sobre ello, lo sé.  

Lo que intento decir es que “un narrador”, uno real, el que escribe por impulso como quien se come las uñas hasta sangrar, lo sepa o no, sólo está capacitado para escribir en su vida dos o tres grandes obras, aunque publique cientos, siendo sus grandes obras impuestas por aquellos seres que los poseen. Hay muchos ejemplos de escritores que después de publicar uno o dos libros importantes, el resto se vuelve nada más que repetición. El “escritor” pierde su brillo.  

Dicho esto, confieso que a estas alturas estoy llegando a mi límite. Claro que tengo la capacidad para seguir haciendo esto, incluso podría encontrar un espacio donde escribir una columna y soltar verborrea cada determinado tiempo sin tener que escribir textos poderosos como algunos que, según mi propio punto de vista, he logrado o están por escribirse. Más allá de mis grandes novelas, alguna terminada, otra perdida en libretas, transcribo visiones corrientes que no se comparan con levantar el velo de la realidad y tratar de ponerla en palabras. Podría hacerlo si me dieran la oportunidad y no me negaría a sacar provecho de ello, mas mis opiniones impopulares o ininteligibles no llegan a las masas, no sé si por haber sufrido una degeneración espiritual considerable o, por el contrario, por ceñirme fielmente a los impulsos que la psique ha impuesto.

Pero mis opiniones no son lo importante, sino estos textos de “esoterismo gonzo”, por llamar de algún modo a la mezcla de “realismo”, (como le llaman alguno al inspirarse en la realidad común), la investigación y aplicación explícita de procedimientos que se suelen estudiar en libros de ocultismo. Y estas piezas son importantes (al menos para mi biografía), no porque sean mías, por supuesto, ni porque tengan una calidad incomparable, sino porque han sido expulsadas de mis manos como los residuos de catástrofes más grandes: costas destruidas por tsunamis, ciudades inundadas por huracanes.

Es decir, subtextos de una obra mayor que está por completarse, en caso de que lo haga.  

Hace poco una amiga me dijo algo que tal vez me dio miedo reconocer: todos sabemos cuándo vamos a morir. Poco antes otra persona, sobreviviente al cáncer, me había dicho algo parecido: todos tenemos fecha de caducidad. Le dije que sí, pero uno no sabe cómo acceder a ésta. Se decepcionó de mi respuesta y no quiso entrar en detalles. Yo tengo una idea de cuándo podría morir: he hecho cálculos, ecuaciones que incluyen estado del hígado, corazón, riñones, testículos, espina dorsal multiplicados o divididos entre productos químicos que inducen a mi cuerpo al desgaste. Y aun así no me sale una fecha exacta. Quizás sea por miedo, como por miedo es que he dejado estas cuestiones en manos de los dioses y del azar.

Intuyo que la Gran Obra para la que estuve destinado, ya está ahí, incluso aunque aún no exista más que en hojas apuñaladas con bolígrafos, libretas con jeroglíficos garabateados, fragmentos de novelas digeridos por algunos valientes, o incluso en la desaparición de una novela entera por medio de la destrucción de la computadora que la soportaba. Quedará en la fosa común de los dispositivos sin luz.

También sé que, si mis cálculos fallan y mi vida es más corta de lo que alguna vez pensé, el trabajo lo continuará alguien más. Otra hormiga obrera guiada por la misma entidad. Mientras que, si es más larga que lo estrictamente necesario para escribir aquello que crece y crece, me veo tristemente dando conferencias redundantes sobre el hecho de escribir, vender libros o sobre el pobre mito de mí mismo. Casi lo que hago justo ahora, cuando no me siento capaz de producir gran cosa.

Pero no tengo otro remedio que continuar lo comenzado. Cuánto tarde en cristalizarlo ya no tiene que ver conmigo o con los entes que me poseen al escribir, no es algo “esotérico”. Tiene que ver con lo exterior, cartílagos, sangre, salud, hostilidad social, realidad económica, es decir, la trampa exotérica.

Seguiré trabajando en proyectos que no sé cuándo logre terminar y hacer que lleguen a su destino. Tal vez mi misión sea sólo la de ser el escribano de un dios menor, pero no el de mostrar nuestro trabajo al mundo (cosa que, en parte ya he hecho y he comprometido con ello a unos cuantos), y se reconozca al autor material dentro de varios siglos, cuando sus cenizas estén dispersas a lo largo y ancho de la rosa de los vientos. Sin embargo, seguirán existiendo los residuos de esa gran producción creada y por crear, como este texto que ahora te vuelve parte de obra que sólo hemos vislumbrado yo y mis Superiores, y que, si vivo lo suficiente, tal vez se muestren al mundo dejándome vacío y sin materia metafísica para escribir más, como le ocurrió a Rimbaud: me niego a reencarnar en mí mismo como “narrador” dentro de diez o veinte años. “No a post vida ni en cielo ni en infierno”, escribió José María Fonollosa, “una vez ya es suficiente”. Pero eso, comprometido lector, supongo que no lo decidiré yo.


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