Cabeza de Juárez (Sad Max)

diarios vulgares

19/jul/025

CABEZA DE JUÁREZ (Sad Max)

No logro entender en qué momento fue que una noble afición, una actividad recreativa que inició lejos de la idea del sacrificio, se transformó justamente en un empleo. Lo que antes era una inocente pasión ahora es un trabajo con horarios, límites, cuentas, sumas, pérdidas u honorarios de mí a mí mismo. Porque en eso se ha transformado lo que inició como coleccionismo de libros. Coleccionismo, esa idea que se ha degenerado hasta convertirse en una actividad corriente, pues la decisión de conservar o vender un libro debe ser bien calculada, evaluar cuánto es lo que estoy a punto de quedarme a deber o especular sobre el valor del libro dentro de años, meses o semanas próximas, y luego hacerle un espacio entre tantos otros.
Todo esto es parte del conflicto espiritual que vivo desde hace un tiempo. “Todo lo que ayer hice por amor hoy lo hago por dinero” dice una canción de Fangoria. Un hijoputa empleo: la búsqueda de tesoros entre la basura.

No tengo oficina, pero igual que los godínez de la ciudad, uso el metro para realizar mi trabajo. Paso por el transborde del metro Chabacano, subo y bajo por las escaleras que a veces no funcionan y unen la línea 9 con la línea 2. (Sí, las mismas que se sirvieron para grabar escenas de El vengador del futuro con Arnold Schwarzenneger). Sólo que aquí no hay vengadores y esto no es el futuro. Pasamos siendo esclavos mediocres de un presente mediocre predicho tal vez por otra película, Blade Runner: pantallas hablándote mientras en los descansos de las escaleras comes ramen, hot dogs o caramelos, mientras de las goteras de Chabacano cae una lluvia ácida y no se sabe si es de día o de noche.
He dejado el coche afuera de la estación y camino ente las imágenes de películas distópicas con mis tenis agujereados y respirando CO2, me traslado desde el metro Chabacano para llegar a lugares del centro a los que el coche no podría llegar sin gastar demasiada gasolina y en especial demasiado tiempo. Voy a entregar libros cuyo contenido no me interesa, a gente que no conozco a cambio de un dinero que no sé de dónde salió. “Nadie sabe para quién trabaja”, dicen los abuelos, y yo no tengo abuelos, pero lo dicen mis padres, que lo son y no por culpa mía.
Hago el intercambio de libros por vulgar y obsoleto papel moneda en su mayoría. Algunos otros por ilusorios centavos electrónicos detectados por redes de telefonía celular, gobierno y hackers. Y así varias veces durante este sábado hasta que entrego el último libro y regreso al metro Chabacano, donde dejé estacionado el auto.
Por los ventanales de la estación, sucios de por sí, alcanzo a ver un cielo cada vez más púrpura por los gases tóxicos de la polución, microbuses, camiones, autos, motocicletas y el hombre de a pie, que ha dejado tras de sí su transpiración producida por la corrupción del cuerpo, la mentira para pisotear al vecino y la enfermedad social.

No sé muy bien por qué acepté salir esta noche. Más bien sí sé: estaba de buen humor cuando me invitaron y se trataba de un evento interesante en el que podría hacer contactos. La mañana en la que recibí el whatsapp con la invitación no llovía, estaba soleado y en ese momento Aldo Spazzino se dijo a sí mismo: “no te puedes dar el lujo de rechazar esta invitación”, lo mismo Ingrid, quien se negó acompañarme al evento, pero aconsejó: “qué pereza, pero tú deberías ir, socializar y no emborracharte”.
Se trataba del aniversario de una editorial y mi nombre estaba en la lista de invitados, lo que significa que podría entrar libremente, más no beber del mismo modo (punto en contra). Además, en el lugar donde ocurriría aquello, los guaruras manosean a uno para entrar como amante cachondo o policía con deudas, lo que hacía difícil, por no decir imposible, meter bebidas ajenas al establecimiento. Otro punto en contra.
Y ocurrió lo que siempre ocurre: la vida me puso a prueba para ver si sostenía mi palabra después de haber aceptado. ¿Por qué chingados había dicho que sí? Durante mi primera juventud me habría vuelto loco la idea de asistir: conocer escritores, editores, periodistas, dj’s, traductores; tener la posibilidad de comentarles que yo también tengo libros por publicar, editar, traducir y poder hacer fiestas para celebrarlo. Dos décadas atrás habría significado una oportunidad imposible de desaprovechar. Hoy, no me entusiasmaba más que la idea de enclaustrarme a ver películas, leyendo, escribiendo o ¡anunciando más libros para vender!

Salgo de la estación del metro. Por si hiciera falta un guiño a lo oriental para parecer una película futurista de los 80, me encuentro con el tianguis de kitties: un montón de puestos montados en las aceras que ofrecen bolígrafos, adornos para el cabello, figuras, estampas, y cualquier producto imaginable con la imagen de Hello Kitty. El bazar (no sé por qué se empeñan en llamarle así a un tianguis) produce más tránsito de autos, y, por ende, una lentitud apendejeante para el conductor.
Alrededor del metro no solo están las kitties, sino que también, en dirección al sur, cruzando el eje vial, hay otro “bazar” pero éste de ropa americana, ropa de paca, ropa nueva. De este lado, es la vulgaridad de la oferta lo que atrae otros tantos centenares de personas allí cada sábado. Por si fuera poco, no solo ocupan las aceras de la calle, sino el camino mismo donde permanecen sus autos detenidos, con las cajuelas abiertas para resguardar su mercancía de la lluvia.
Son las cuatro de la tarde, yo ya he terminado con lo mío y me monto en el auto caluroso bajo el cielo de una tarde cada vez más oscura y sin sol. Quedó estacionado en una calle que sale hacia San Antonio Abad con dirección al centro. Para regresar a casa debo rodear las calles circundantes y pasar primero en medio de las gatas japonesas, rodeado de nenis, mamás luchonas y afeminados coleccionistas de kitties. (No tengo nada en contra de Hello Kitty pero soy ese tipo de persona que cuando va manejando, odia al transeúnte y cuando soy transeúnte, odio al automovilista. Rara es la ocasión en que no desprecie a los motociclistas.)
El tránsito se vuelve cada vez más lento y pesado. La lluvia prometida por el cielo sucio obliga a todos a dar por terminada la vendimia, lo que provoca más lentitud al manejar. Llego al jardín El Pípila en la colonia Vista Alegre, donde tantas tardes pasé con mi ex novia Genoveva, pero trato de suprimir cualquier emoción, lo que es fácil manejando un auto en estas condiciones. Varios giramos al sur para luego incorporarnos al Viaducto y regresar al oriente de la ciudad. Es de este lado donde están los bazares de ropa. Más bultos, más autos, más gente huyendo del lugar, tianguistas contando sus billetes discretamente antes de que la lluvia y el smog los mojen y queden pegajosos.

Voy en mi silla de ruedas Volkswaggen y piso el acelerador torturando el hueso que sobresale anormalmente de mi pie derecho, lo único que me hace sentir vivo: el tiempo se detiene y muere cada que estás en un atasco de tránsito, y sin duda muere también una parte de ti si eres tú el que maneja.
Pequeñas gotas de lluvia caen sobre el parabrisas. Es verdad que el riesgo de manejar bajo la lluvia pueden causar emoción por la oportunidad para la destrucción, o la autodestrucción. Suena divertido. Pero en esta ciudad, que se ha convertido ahora en una secuencia de las antiguas Mad Max en cámara lenta, la acción se vuelve tediosa y lenta.
Me resigno al tiempo muerto y la gasolina desperdiciada escuchando en el radio comerciales disfrazados de entrevistas periodísticas que pretenden convencerte de que inviertas en propiedades en Miami que te harán millonario dentro de algunos años. TSSSRRRNN, cambio. El lujo, la comodidad, provocar suspiros con el nuevo coche que, además de provocar envidias, ayudará al medio ambiente porque es eléctrico y saldrá a la venta este año. TSSRRRNN, cambio. Locutor grita conmovido lo enfermizamente feliz que lo hace ser parte del pueblo elegido de Dios, de su iglesia. TSSRRRNN, cambio.

La fila de autos se hace eterna. En el estrecho carril que los tianguistas tienen a bien concedernos, veo desde el espejo retrovisor un par de ojos claros y mejillas rosadas y una cabellera castaña bajo un casco de motociclista. Como dije, es rara la ocasión en que no desprecio a un motociclista y ésta es una de ellas. La observo y el casco no me deja ver su boca, pero la imagino. Le cedo el paso a su moto consiguiendo hacerme una idea de la figura de su cuerpo: sus nalgas alzadas por el asiento de la moto, su pierna izquierda enfundada en un patético pantalón holgado de hippie o de gitana, y una cintura y espalda blancas y delgadas que se alcanzan a ver muy bien cuando acelera y el viento levanta su chamarra provocando el suspiro de nosotros los conductores sensibles.
Es imposible no fijarse en la motociclista a menos que seas un vegetal o prefieras los cuerpos masculinos. Me culpo por observar a una mujer sin su consentimiento, pero me justifico pensando que el mismo reglamento de tránsito aconseja tener siempre la mirada al frente (supongo, nunca lo he leído). Además, la imagen de la chica en moto y su cabello alborotado tras el casco serán la única visión agradable en, por lo menos, los siguientes cincuenta minutos.
La chica desaparece entre el tráfico y la lluvia crece convirtiendo mi parabrisas en la visión de alguien ahogado en el mar, rodeado de algas marinas.
La lluvia no cede y sigues en una escena de Mad Max expuesta a la velocidad de un caracol: autos rebasados por motos manejadas por gordos con frío. Ninguna güera atractiva sobre ellas. Solo pelmazos que quieren ganarle a la lluvia y se meten entre los coches provocando que frenes agresivamente, empujando tu cuerpo y tronando tu cuello. Produciendo el deseo secreto, o ni tan secreto, del automovilista de pegarle a la llanta trasera de cualquiera de esas máquinas birruedas con la defensa del coche. Ver cómo la moto en cuestión derrapa y resbala, sacando chispas contra el suelo y retorciéndose como vil plástico; mientras, el motociclista se ve arrastrado por la velocidad y la gravedad rompiendo sus pantalones mojados y dejando ver una pierna a carne viva, mezclando sangre con agua sucia de lluvia sobre el asfalto. Un postre de sangre, pellejos y grasa de automóviles para deleite tuyo, que has sido el culpable doloso de aquel accidente.
Pero no te atreves y frenas cuando te rebasa una moto mientras el tráfico continúa como una marcha de hormigas.

En la calzada Zaragoza, ves varias motos estacionadas bajo un puente y a sus ocupantes resguardándose de la lluvia. “Ahora sí no tan cabrones, putitos”, piensas envenenado como cualquier conductor de ciudad Saturno. Los miras distraído, pisando suavemente el acelerador, cuando un autobús con luces rojas y azules por dentro, y un cláxon alto y agresivo aprovecha tu ensoñación para echar sus rines con grandes puntas cromadas hacia las llantas de tu modesto auto.
Frenas sorprendido y el camión se mete a tu carril. Flaca ventaja bajo una lluvia que no permite ir a más de 15 kilómetros por hora si no están detenidos. Vas aturdido, sin entender lo que dicen en la radio por el ruido de las gotas en el techo, sin apenas ver a través del parabrisas empapado, lleno de hojas de árboles y empañado por dentro. Si no respiraras, no habría vaho, piensas, y no tendrías que recurrir al jodido aire acondicionado que te deja escuchar aún menos los comerciales de la radio, tu único entretenimiento.
Transcurren así treinta minutos sobre la calzada Ignacio zaragoza. En medio de ella pasa el metro al nivel del suelo y la gente en el metro mira los autos, envidiando a sus conductores cubiertos de la lluvia y el frío en asientos cómodos, quienes a su vez, envidian a los usuarios del metro, sus pies libres de pedales cada vez más incómodos y calientes, sus ojos libres de visión borrosa y ensoñaciones de motociclistas caídos.
Ya no estás tan lejos de casa. Ves la chatarrería industrial en la que los encargados te odian. Creen que los libros que les compras valen lo que dice en los buscadores de internet. 20, 30 dólares por un libro que les pagaste en veinte pesos. Tú sabes que no es así, pero los grasientos encargados ponen mala cara cada vez que llegas, tal vez convencidos de que el negocio que deberías visitar es el que está justo al lado, una funeraria, en calidad de fiambre por aprovecharte de la pobreza y la ignorancia de quien creció sin oportunidades.
“Yo también vivo entre la basura”, piensas irritado.
Minutos después tomas la desviación hacia Nezahualcóyotl. Estás consciente de que pasarás otra media hora en el tráfico. Aceleras, frenas, aceleras, frenas, aceleras, frenas; pisas el clutch y el acelerador a la vez para echar el agua inundada del tubo de escape, y que el coche no se ahogue en la piscina de agua puerca. Todo esto para avanzar solo unos cuántos centímetros.
Das vuelta a la derecha y vas paralelo al puente vehicular que tomarás a saber cuándo, pues primero tienes que rodear la glorieta de Cabeza de Juárez inundada. A lo lejos Benito te mira: un rostro gigante con sus párpados entrecerrados y el ceño fruncido. Su boca mojada y torcida tampoco indica que esté de buen humor. Si no fuera porque es una construcción pensarías que Juárez te mira y te odia cada minuto que pasa.

Ha dejado de llover, pero es demasiado tarde. Ya se han hecho los charcos y las calles se han inundado. Hace apenas unas semanas a tus padres les tocó la mala suerte. Una peor que la tuya. Sobre Zaragoza, antes de la desviación, se quedaron atorados en el tráfico entre miles de autos que no podían avanzar. Iniciaban la temporada de lluvias y un árbol enorme cayó sobre la calzada, cerrando el paso durante cuatro, cinco horas. No fue mucho más afortunada la ocasión en que, hace ya años, después de una tormenta regresabas a Neza en un auto que apenas aprendías a manejar; cada colonia que rodeaba la tuya había quedado inundada a niveles que superaban la altura de las llantas. Para evitar que los autos pasaran y se atascaran, en las esquinas estacionaron autobuses, pusieron rocas enormes, cajas, conos. Se tendría que esperar a que la basura se deshiciera y permitiera al agua fluir por las cañerías. Aunque era ya tarde y no había tráfico cuando llegaste, rodeaste Neza durante casi dos horas que tardaste en encontrar espacios abiertos entre calles no tan inundadas. Dos horas para llegar a una distancia para la que normalmente tardas diez minutos a pie.

Bajo la mirada juzgona de Benito Juárez decides que no. Importando un carajo dejar plantada a Adriana, con quien quedaste de ir al evento literario. Aquella que te escribe una vez cada año, sólo cuando está aburrida de su vida y sólo lo hace para quejarse. Además, cada que salen termina dormida o enredada con alguien de la fiesta, evento, presentación editorial, lucha libre o lo que fuera, y tú tienes que cuidarla. No permitirás que esto ocurra hoy en el aniversario de la editorial al que estás arrepentido de aceptar invitación. Hasta el gesto de Benito Juárez se vuelve un poco menos duro cuando decides que, una vez que llegues a casa, ya no saldrás a ningún lugar. Quedarás mal con el amigo que te puso en la lista de invitados, con Adriana que probablemente terminaría liada con algún escritor, y lo o peor, quedarás mal contigo mismo, que te prometiste salir más de tu enclaustramiento voluntario. Pero no sientes culpa, no estás dispuesto a soportar más inundaciones, traiciones, motocicletas, ni a que te estafe un taxista en la madrugada.
Llegas de noche a tu cuarto, tu celda. Al menos tienes un lector de DVD’s y una pantalla. Pasas de estar encerrado en el auto a encerrarte en tu cuarto a oscuras. Decides poner una película, pero tu masoquismo no conoce límites. Tu autocastigo es tan omnipresente que al momento ni siquiera lo notas: sacas de tu mochila las películas que compraste atrás del teatro del IMSS, frente a la Alameda y te decides, ni más ni menos por ver LECUMBERRI. PALACIO NEGRO.
Por alguna razón te sientes bien de saltar de una cárcel a otra.


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