Por Aldo Spazzino
Cada vez que piso un hospital, clínica o consultorio mi nariz se llena de un aire fúnebre, el olor dulzón de una morgue o de un lugar donde incineran cuerpos. Acompañaba a Gustavo, mi padre, por un resfriado que lo mantenía con fiebre y buscábamos que le recetaran algún antibiótico para deshacerse del virus que se había colado en su cuerpo.
“Debe ser una de esas influenzas nuevas. Un virus de esos que no hacen nada” dije intentando tranquilizarlo, pero sólo se puso más nervioso.
En la sala de espera, además de nosotros, estaba un muchacho en sandalias y sudadera mirando su celular. En ningún momento pareció dar importancia a la pareja agotada y resignada que estaba frente a él. Cargaban a un joven al que por su extraña condición física no se le podía adivinar la edad ¿18, 32? Sus huesos estaban deformes y su cuerpo no parecía haber tenido un desarrollo normal. No podía cerrar la boca y sus extremidades colgaban a merced de la gravedad que parecían ejercer aquellos azulejos blancos con manchas azules. El muchacho, además de nutrirse de la energía de sus padres, seguro pasaba gran parte de su vida siendo atendido por médicos: brazos cansados y olor clínico eran tal vez lo único de la vida que se le permitía experimentar.
Mientras esperábamos la pareja salió con el joven inválido hacia su camioneta para limpiarlo, se había hecho encima. En esos momentos la doctora Concepción atendía a unas ecuatorianas con las que se demoraba, según ella, porque no entendían lo que se les explicaba.
“Qué friega debe ser para sus papás” dijo Gustavo refiriéndose a los padres del joven vegetal. Lo noté entristecido y empático, cosa rara en alguien que toda la vida ha ocultado sus emociones.
Concepción ha sido nuestra doctora de cabecera desde hace varios años y reconozco el nivel y los conocimientos bien merecidos de su trabajo. Pero luego me pregunté si alargar la vida de ese joven limitado, para quien tal vez ya no hubiera experiencias nuevas que vivir, nacido en años en que el aborto era un crimen, la dejaba satisfecha de sí misma después de cada vez que tenía que revisarlo. O si, por el contrario, a pesar de lo sensible de su profesión, en el fondo ya no sentía ningún tipo de emoción por su trabajo ni por la gente a la que debía ayudar a sobrevivir.
No me habría obsesionado con su deber como doctora de no haber sido porque, minutos después, dentro de su consultorio Conchita sentenciaría: “Estás desperdiciando tu talento”, siendo la segunda vez que me decían algo así en lo que va del año. Me lo diría dando impresión de tener la seguridad de que ella no desperdiciaba ni un gramo del suyo. Con ese matiz moralista en su voz de quien se atreve a dar un consejo no solicitado. La que utilizaba su talento para solo fines benéficos a la supervivencia del paciente sin autoestima, a la imposible recuperación de un cuadripléjico, a expandir la edad de ancianos seniles, a su bolsillo y a las farmacéuticas. Y al parecer, estaba orgullosa de ello.
Después de que pasara la pareja con el hijo casi inmóvil, pasamos papá y yo al consultorio que también funciona como confesionario. Una especie de cubo cuántico en el que las vidas de otros se hacen sentir como si quien está dentro fuera un dios que todo lo sabe, por lo menos todo lo que ocurre en la colonia.
Yo no sé hasta qué punto sabía la doctora sobre mi situación, pero de repente me preguntó: “¿y ya te vas a quedar a vivir con tus papás aquí en Neza?” La última vez que la vi yo vivía en la Venustiano Carranza con Genoveva y venía muy poco a Neza. ¿Cómo se había enterado de que había vuelto con mis padres? Cualquier vecino, cualquier paciente con infección en las vías urinarias, cualquier diabético que hubiera visto por ahí se lo habría chismorreado.
Me tomó tan de sorpresa que tartamudee. Papá empeoró todo diciendo que ya los pensaba abandonar otra vez.
Me defendí con la excusa más cercana (pero real) que tenía: Nezahualcóyotl está lejos de todo lo que hago y aquí no hay casi nada que me interese. “pero seguiré cuidando a mis padres”, aclaré sincero.
-¿A qué te dedicas? -Preguntó.
Eran las nueve de la noche, hacía frío y yo también tenía dolor en la garganta. Lo que menos me apetecía era explicar una vez más cómo me gano el dinero, o cómo vivo cuando no hay oportunidad de ganarlo.
Supuse que la doctora ya tenía una idea preconcebida gracias a mi madre, mis vecinos, mis parientes. Pero necesitaba que se lo contara a viva voz para aportar más detalles a la omnisciencia que desde ese consultorio se manifestaba. Algo de lo que no tenía ningunas ganas en medio de ese olor a medicina y oxígeno artificial.
-Vendo libros por internet y ayudo a estudiantes universitarios con sus trabajos escritos, traducciones, investigaciones, etcétera… Pero principalmente vendo libros.
Lo que debí decir para no tener que soltar tanto rollo habría sido: “soy comerciante”. En ciudad Neza hasta los perros callejeros comercian sus pulgas con viejos inhaladores de PVC que duermen en las calles. Con un maldito “Me dedico al comercio” me habría ahorrado de dar detalles porque, además, la gente de hoy no entiende muy bien cómo funciona el consumo de “libros”.
-Estás desperdiciando tu talento. -Soltó sin dar explicación a qué chingados refería.
Era obvio que alguna vez Marissa, mi madre, o alguien más le había contado que había ido a la universidad. Pero de eso a afirmar que tengo talento había un mundo de diferencia. ¿Qué talentos tenía yo? ¿Convertir en enemigos a quienes fueran mis amigos a causa de lo que escribo, opino y de mi horroroso comportamiento cuando bebía whisky todos los días? ¿Forzar el motor de mi cerebro al grado de experimentar cierto grado de esquizofrenia? Si eso era tener talento yo también debería estar cobrando los $400 pesos que ella cobra por tomar la temperatura con una pistolita y recetar pastillas.
-¡¿Pero cuál talento?! -Pregunté, no por modestia, sino indagando para ver si soltaba el tipo de chismes que la habían llevado a ese comentario tan extraño.
Nos enfrascamos en la tediosa explicación de lo que hace un “librero”. No iba preparado para ello y estaba aburrido de haber esperado cuarenta minutos en la sala de espera. Me preguntó si vendía enciclopedias o libros de leyendas. Me quedé pasmado, pero a la vez convencido de que el consumo de libros se está convirtiendo en una actividad para cada vez menos personas. (Y hablo de la adquisición y posesión, pues su lectura es totalmente otro tema) Me trabé, le dije que vendía libros universitarios, lo cual no es totalmente cierto, pero cuando digo eso, me dejan de preguntar. No pareció comprender. “No vendo libros de medicina”, aclaré.
¿Cómo explicarle que acababa de enviar a otro estado una colección de comics europeos pornográficos editados en Italia? ¿O que acababa de vender Glamourama, el libro que había estado buscando para mí durante años, pero preferí no quedármelo al darme cuenta de su insufrible tamaño? La doctora continuó en su silencio sepulcral, tal vez pensando, y no sin algo de verdad, que lo que hago, en el fondo, es ser un vago.
-No, bueno… También tengo mis propios proyectos literarios- dije arrepintiéndome en el mismo momento de decirlo.
No me gustaría suponer que me cuestionaba desde una superioridad moral tan común entre los médicos. La conversación se estancó y quedamos callados mientras en mi mente enumeraba los proyectos que, algunos de ellos abandonados, debo terminar porque el dios que me otorgó el anticuado don de la literatura empezaba a calentar el látigo: digitalizar todo un extenso libro que escribí a mano en plena crisis psicótica durante mis primeros meses en Neza, el final de una novela que inicié hace unos cinco años, recién recuperada porque había quedado perdida por un tiempo a causa de una borrachera en que cayó whisky en la laptop que la contenía, mi historia sobre la escena punk, skinhead, musical y literaria de la ciudad de México del 2000 al 2015 empujada a partir de la comunicación de un súcubo que conocí en esos tiempos, crear un e-book en diversos formatos con una recopilación ya preparada de crónicas y ensayos que he publicado en varios lugares. Allí estaba todo mi talento desperdiciado, entre archivos de una máquina hackeada. Tenía la doctora toda la razón.
No le expliqué nada de esto. Si leyera alguno de mis textos, tal vez se corregiría al decir que desperdicio mi talento para afirmar que no tengo nada que pueda ofrecer a este mundo. Y es que las primeras generaciones que habitaron Neza, que venían todas huyendo de la miseria del interior del país, entendían que los libros servían para estudiar, memorizar y, si es que se titulaban como doctores o abogados, se olvidaban de ellos y terminaban tirándose en basureros de donde yo los rescato.
No me sorprende ni me ofende que no se me comprenda en esta ciudad, ni en ninguna otra, pues ¿a quién puede servir mostrar los textos teclean mis manos provenientes de lugares más allá de mi mente? ¿O rescatar los de escritores muertos hace décadas, en tiempos en que viajaban en carrozas arreadas por caballos y sus problemas eran mucho más humanos que configurar un dispositivo electrónico? Quedaba claro que lo suyo era procurar que los sentidos de sus pacientes pudieran seguir utilizando celulares y viendo pantallas, y el mío rescatar ideas de cementerios que no se encuentran en este mundo.
Tampoco me interesaba competir. Ella podía seguir utilizando su talento para estabilizar enfermedades y recetar fármacos en cuerpos de por sí intoxicados, mientras yo seguiría acercando a las manos correctas dibujos obscenos europeos marginados, y luego escribir al respecto sin perspectiva socialmente consciente ni pragmática, textos que solo llegan a influir (y tal vez para mal) en el humor de dos o tres lectores que desperdician su tiempo como yo mi talento.
Eso era: la idea de dar vida, ayudar a sobrevivir a los cuerpos, sin más. La literatura y demás vaciladas metafísicas no servían de mucho en estos tiempos en que los termómetros de mercurio habían sido sustituidos por pistolas de plástico. Quienes escribimos sin otro afán que el de entretener, comprender y compartir la risa que causa desvelar los errores de los dioses, estamos siendo sustituidos por bots que no necesitan sentido del humor o diagnostican enfermedades. Tanto ella como yo un día seríamos prescindibles.
Divagaba en mi mente cuando la charla había dado paso a bacterias y sudores. Mi respuesta me hizo quedar como el inútil social que la gente de Neza siempre ha creído que soy.
O en el mejor de los casos siguió siendo un misterio qué hacía, qué producía, a qué me dedicaba.
No sé cuál será la versión que se cuente en ese consultorio la próxima vez que se hable de mí. Sólo sé que las inyecciones seguirán manteniendo estables a los cuerpos vegetales y las ideas se transmitirán como frecuencias de radio aisladas en el cráter de un planeta muerto.
